De pronto parece que muchos de nosotros buscamos el cambio sin querer arriesgar la “estabilidad” que disfrutamos todos los días, buscamos “otra cosa” mientras nos resistimos a probar nuevos sabores de helado, consistencia e inconformismo, eterna contradicción de la condición del individuo.

El metaverso existe por que el mundo evoluciona, la cultura cambia y la tecnología lo permite, pero sobre todo por que el espíritu humano lo concibe y necesita, Second Life, surge a principios de este nuevo siglo como signo inequívoco de los tiempos que vivimos, en un mundo donde el trafico, la contaminación, la saturación y sobre todo la falta de tiempo nos hacen inaccesibles espacios y momentos propios, donde el consumismo alcanza algunas de sus situaciones más extremas, donde la “soledad” del individuo se dibuja en donde antes solía haber una sonrisa; la tolerancia que hemos desarrollado para los percances diarios que conforman nuestra vidas no tienen paralelo, miles de personas escapan momentánea o definitivamente a lugares alejados de las ciudades y aunque todos sacrificamos calidad de vida por sustentabilidad económica nos queda claro que en algún momento necesitamos regresar a la tranquilidad y la armonía o en su defecto lo que sea que se le parezca, incluyendo los mundos virtuales en Internet.

Las redes sociales y la Web 2.0 en toda su gloria emergen victoriosas como los nuevos medios que han de dominar en los años por venir, la tendencia es clara, la accesibilidad creciente, es solo cuestión de tiempo antes de que las interfases tridimensionales que proporcionan vivencia y realidad se apoderen de nuestras actividades y poco a poco sustituyan mucho de lo que hacemos hoy y no concebimos de otra manera, muchos describen apocalípticamente estas situaciones, algunos otros solo nos sumergimos sin preguntar, lo que sigue esta aun por decidirse y se transforma todos los días con ayuda de los ciudadanos del mundo que reclaman sus espacios y construyen fortalezas e imperios virtuales auxiliados por teclados cada vez más rápidos y monitores cada vez más grandes, nos convertimos poco a poco en verdaderos cyborgs del presente que existimos al mismo tiempo en más de un plano a la vez, se nos concede una porción de obicuidad, experimentamos un poco de inmortalidad y de pronto por un instante los humanos son dioses digitales que vuelan y se teletransportan por el mundo, verbos y acciones que no solíamos relacionar con nuestra naturaleza.

Todos los días en ambientes oníricos y micro-economías digitales los más de quince millones de habitantes de todo el mundo que conforman esta comunidad ejercen su derecho de pertenencia internacional ciudadanos del mundo que aprenden, crean y comparten lo que bien podría constituir un boceto de la nueva versión del universo en que viviremos; la legalidad, la moralidad, la economía, la etiqueta… futuras “lenguas muertas” que deben ser adecuadas a entornos apenas hace unos años inconcebibles; la historia humana es siempre la misma, la búsqueda del sentido y la pertenencia son constantes pero de tanto en tanto solemos variar las reglas sociales para adaptarnos a los ambientes que hemos generado, ahora estos nuevos ecosistemas nos exigen reacciones más rápidas, medidas más certeras, decisiones más durables, mientras nuestra especie padece aun de adolescencia tecnológica será interesante tener que adaptarnos tres o cuatro veces en el transcurso de una generación a cambios radicales de todos tipos, someternos a re-evaluaciones y actualizaciones constantes, emparentarnos con los anti-virus de nuestros “escritorios” y acceder a todo esto que debemos entender y aprender tan pronto como sea posible o renunciar por completo a lo que sucede para perecer silenciosamente en algún rincón del planeta sin señal en el celular mientras escuchamos discos de pasta y leemos manuscritos desintegrados sobre tiempos más tranquilos que añoraban aventuras continuas y prometían “riquezas” y maravillas por descubrir.

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